Johannes Brahms, un tradicionalista innovador

Soy un gran admirador de Johannes Brahms, y no sólo por la calidad de su música, sino por los fundamentos de su creación musical.

En el siglo XIX, distintas artes se vieron afectadas por una nueva concepción de la pugna permanente entre lo viejo y lo nuevo: éste debía nacer de una puesta en cuestión de aquél, de una impugnación de lo anterior. La idea de que el futuro sólo podía ganarse contra el pasado arraigó y se mantuvo en el siglo XX.

Brahms no participó de esa idea: su creación se mantuvo fiel a las estructuras y técnicas de composición de los maestros clásicos para, desde ahí, construir una obra profundamente romántica e innovadora, que perdura hasta hoy, y conmueve muy poderosamente a la audiencia del siglo XXI.

En el ámbito de la música, la pugna entre esas dos posiciones se concretó en la denominada Guerra de los románticos. En el bando de los inconformistas, Liszt, Wagner y la Nueva Escuela Alemana, con base en Weimar; en el de los conservadores, Johannes Brahms, Clara Schumann y Joseph Joachim, con base en el Conservatorio de Leipzig.

Las mayores discrepancias entre ellos se referían a la cuestión de la forma: para los de Weimar, el vino nuevo necesitaba odres nuevos, es decir, el espíritu de la modernidad y sus contenidos requerían nuevas formas, que superasen las tradicionales. De esa convicción nacieron distintas modalidades de música programática, y, muy especialmente, el poema sinfónico; los de Leipzig, en cambio, creían que las formas clásicas eran capaces de servir al nuevo espíritu de los tiempos, y que el vino nuevo podía recogerse en odres viejos que le dieran poso y solera.

Como sucede siempre, las posiciones de partida no fueron determinantes para la calidad de las obras. La magia de la creación artística se da en cada obra concreta, y no depende de los fundamentos teóricos en los que se base. Así, hay obras maestras maravillosas que surgieron de los dos bandos en conflicto.

Sin embargo, el espíritu de cada creador sintoniza con un punto de vista u otro, y he de reconocer que yo me apunto al conservador, a aquel que considera que las formas clásicas son adecuadas para expresar y enriquecer nuevos contenidos, es decir, para innovar desde la tradición.

En una crítica a mi novela Cuarteto con piano, José María Pozuelo Yvancos, escribió: A la novela le ocurre como a la música clásica: el siglo XIX supuso para ella un paso irreversible, tan gigantesco, que decir de una novela que se parece a aquéllas buenas del realismo no significa desdoro alguno, ni arcaico anacronismo, sino la virtud de haber sabido conectar con ese buen momento del arte narrativo. El goce es mayor si por añadidura esa novela trata de música, y aún más, del gran homenaje que Brahms hace a Beethoven en su Opus 60, el cuarteto con piano que sirve de título.

Nos encontramos ante una novela ambiciosa, cuya extensión de quinientas páginas resulta necesaria y se lee con la sensación de entrar en un mundo que reúne eso que Ortega calificaba de hermetismo, y que ha sido a veces mal entendido: la capacidad para encerrar al lector en un universo con su propia coherencia, que cuando sufre las obligadas pausas de lectura, provoca la doble sensación de no acabar de salir del todo de sus personajes y atmósfera, y de querer regresar pronto a ellos.

Pues bien: mi novela está dedicada a Johannes Brahms y a su manera, tradicionalista e innovadora, de entender el progreso de su arte, con la que me identifico.

Fotografía: Denís Estévez