Pedro Suárez de Deza, arzobispo del Pórtico de la Gloria

Foto Denís Estévez: Encuentro del arco izquierdo con el central en el Pórtico de la Gloria

Las únicas referencias documentales con información sobre el maestro Mateo son dos, y ambas extraordinarias: la concesión por el rey Fernando II de una pensión vitalicia de «dos marcos de plata a la semana (…) a ti (…) que tienes el primer puesto y la dirección de la obra del mencionado Apóstol (…) para que redunde en mejoría de la obra de Santiago y de tu propia persona»; y la monumental inscripción en los dinteles del pórtico de la Gloria que dice: «En el año de la Encarnación del Señor, 1188, Era de 1226, día de las kalendas de abril, los dinteles del pórtico principal de la iglesia del Bienaventurado Santiago fueron colocados por el maestro Mateo, que dirigió la obra de este portal desde sus cimientos».

Así, de una personalidad prestigiadísima, tanto por la confianza que inspiró como por la excepcional obra que ejecutó, no conocemos nada sobre su lugar y fecha de nacimiento, ni sobre su formación, ni sobre su familia, ni sobre su muerte.

En todo caso, sí sabemos del indiscutible magisterio de Mateo sobre la conclusión de la catedral románica.

Sin embargo, hay una cuestión no del todo resuelta: las intervenciones del maestro en la iglesia, y especialmente la del pórtico de la Gloria, presuponen tal grado de conocimiento sobre las necesidades litúrgicas del templo y una integración de ideas e imágenes de tan profunda significación teológica que pensar que Mateo sea el único auctor del proyecto significaría que su competencia, además de la de arquitecto o gestor, habría de ser la de un estudioso, un intelectual, un doctor en teología, lo que Mateo no era. Así, es razonable suponer que el maestro contó con la asesoría intelectual de un miembro del cabildo de canónigos o, incluso, del propio arzobispo, y dada la relevancia de la empresa y del ejecutor, esta última posibilidad parece la más plausible.

El arzobispo que más convivió con el trabajo de Mateo en la catedral fue Pedro Suárez de Deza, que inició su pontificado en 1173 y lo ejerció hasta su muerte en 1206: 33 años de estabilidad que se oponían a los 33 anteriores, desde la muerte de Gelmírez a la llegada de Suárez de Deza, etapa en la que seis pontificados cortos y agitados debilitaron moral y financieramente la archidiócesis haciendo que, ante tamañas dificultades, los papas no se mostraran muy proclives a sus arzobispos.

Pedro Suárez de Deza, en cambio, era un hombre muy cercano al cardenal Jacinto Bobone, legado papal que visitó España en 1172 y futuro papa Celestino III, y supo aportar el rigor y sosiego necesarios para que el prestigio de la iglesia de Compostela se recuperara.

Don Pedro había nacido en la comarca pontevedresa de Deza, y muy joven se vio nombrado canónigo de Santiago, lo que le permitió estudiar en París, donde obtuvo el título de magister. Fue canciller real en 1165 y arcediano de Compostela, y tuvo que intervenir en Roma en el proceso de rehabilitación del arzobispo Martín Martínez, desposeído de manera injusta de su condición por una intriga relacionada con no haber contribuido a demandas económicas de la Corona. En 1167 el papa Alejandro III repuso a Martín Martínez en su condición, aunque el arzobispo falleció antes de recuperarla de hecho.

En cambio, Pedro Suárez fue promovido al obispado de Salamanca a finales de 1165 y consagrado en Roma por el papa probablemente coincidiendo con su desplazamiento a la curia en 1166 con ocasión del pleito relativo a Martínez.

Suárez de Deza se mantuvo en la sede salmantina hasta septiembre de 1173, cuando fue promovido al arzobispado de Santiago; regresó así a Compostela tras 8 años de ausencia.

El largo pontificado de don Pedro constituyó un periodo de rehabilitación de la sede, durante el cual el arzobispo acometió la reorganización en la diócesis; emprendió iniciativas reformistas de sus instituciones; mantuvo y, en su caso, recuperó la integridad patrimonial de su iglesia; asumió la defensa de sus derechos, tan cuestionados en la larga etapa precedente; obtuvo la consolidación de los votos de Santiago, confirmados por bula papal de 1174; reactivó las comunicaciones directas con el papado, y viajó por ello en varias ocasiones a Roma, como, por ejemplo, en 1179, cuando, aprovechando su asistencia al III Concilio de Letrán, recibió el palio de manos de Alejandro III; y, por último, asumió un protagonismo en el escenario político, tanto durante el reinado de Fernando II de León como en el de su hijo Alfonso IX, que se plasmó, por ejemplo, en su decisivo papel para la creación de la orden militar de Santiago, o en la exquisita diplomacia de que tuvo que hacer gala cuando, en 1196, el papa Celestino III, al que era tan próximo, excomulgó a Alfonso IX decretando contra él cruzada a causa de la alianza contra el reino de Castilla establecida por el monarca leonés con los almohades.

Sin embargo, lo que aquí más nos interesa es la dimensión intelectual de la figura de Suárez de Deza. En diciembre de 1193, en una donación efectuada por el abad de Salvador de Bergondo al monasterio de Sobrado, se alude al arzobispo compostelano como «alguien dotado de todo conocimiento, mayor del que podía haber acumulado cualquier otro de sus antecesores en el arzobispado». Sus conocimientos e inquietudes teológicas y litúrgicas se demuestran, al menos, a través de dos testimonios documentales: el primero, la compilación realizada por el propio Suárez del libro litúrgico De officis ecclesiasticis que en 1236 figuraba en el inventario de la biblioteca del arzobispo Bernardo II, sucesor de Pedro Muñiz, sucesor, a su vez, de don Pedro; el segundo, la carta dirigida al papa por el arzobispo planteándole diversas cuestiones a propósito del significado de las personas de la Trinidad y de los problemas del engarce en el sistema trinitario del Hijo dada su doble naturaleza divina y humana. Esta carta dio lugar a una respuesta epistolar de Inocencio III fechada en diciembre de 1200.

Estos dos documentos tienen una directa relación con el programa iconográfico e ideológico del pórtico de la Gloria: el primero, con la decisiva dimensión litúrgica y ceremonial de lo representado en la obra de Mateo, que debía incorporar referencias muy precisas a los preceptos de la liturgia; el segundo, con su no menos relevante significación teológica. No hay que olvidar que lo que hoy denominamos pórtico de la Gloria era conocido en el siglo XII como pórtico de la Trinidad.

El perfil de Pedro Suárez de Deza permite suponer, con fundamento, que pudo ser el concepteur que se dedicó a supervisar y ofrecer un programa simbólico-litúrgico al taller de Mateo, lo que fue facilitado por la relación directa de ambos en Compostela durante los 15 años que mediaron entre la llegada del arzobispo y la conclusión del Pórtico de la Gloria, y los posteriores hasta la muerte del arzobispo o del Maestro Mateo.

Pero aún hay otra suposición, derivada de la anterior, que merece ser formulada. El impulso para abordar el nuevo programa de conclusión de la catedral nació de la confluencia de tres dinámicas: un clima intelectual y cultural que conectaba con el espíritu gótico y humanista que se estaba gestando en tierras francas; la voluntad del rey de León de dar el máximo brillo a la iglesia de la sede metropolitana de su reino, donde quería ser sepultado, y la recuperación de la capacidad para financiar una obra ambiciosa frente a las penurias relativas de la época final del reinado de Alfonso VII.

Y esas tres dinámicas fructificaron en la conformación de un nuevo taller para materializar la empresa, cuya dirección fue encomendada al maestro Mateo. Esto sucedió antes de la famosa concesión vitalicia en su favor realizada por el monarca. No sabemos cuánto antes, y podemos suponer que lo que en ese momento anterior se pretendía llevar a término no era lo que finalmente se acometió. Faltaba un elemento esencial: el nuevo proyecto.

La confianza total de un rey en un artista aún no consagrado por realizaciones conocidas resulta extraña. Sin embargo, esa extrañeza es menor si el artista, habiendo acreditado durante unos años la habilidad para construir, tallar y dirigir equipos para continuar una obra en marcha, propone y seduce con un proyecto, avalado por un sólido fundamento conceptual e ideológico.

No tenemos dibujos, pero tuvo que haberlos. Y la fuerza del dibujo, asociada a la de la idea, puede resultar irresistible.

Suárez de Deza ya ejercía sus funciones como canónigo compostelano al menos desde 1162, y en 1165 era canciller real, por lo que no es improbable que en el intervalo de esos años coincidiera en Compostela con un Mateo recién incorporado al taller catedralicio, entre 3 y 6 años antes del ya tan mencionado diploma regio: el tiempo para que, con su trabajo, el maestro ganase la confianza que acabaría por obtener.

Cuando Pedro Suárez fue designado obispo de Salamanca seguro que no perdió su interés y vinculación con los asuntos de Compostela, sumida en intrigas e inestabilidades que en 1173 dieron lugar a que Pedro Gundesteiz, quien también rubricó en 1168 el diploma real a favor de Mateo, abandonase la dignidad arzobispal por razones no bien conocidas. Y es evidente que, mientras ocupó la sede salmanticense, las posibilidades de don Pedro para relacionarse con el rey Fernando y aumentar su prestigio e influencia fueron notables. Una de ellas fue su ya comentada intervención en la creación de la orden de Santiago, llevada a efecto en 1171 desde su posición en el obispado salmantino.

Por ello no resulta improbable que la simpatía o conexión entre la inquietud intelectual del clérigo y la artística del maestro contribuyeran a gestar un proyecto viable y fascinante que acabó por seducir a un rey.

Así, don Pedro Suárez de Deza puede considerarse, con fundamento,  corresponsable de la admirable obra que hoy conocemos como el Pórtico de la Gloria aunque no haya documentos que lo acrediten. En eso, don Pedro no siguió el ejemplo de Diego Gelmírez, que se cuidó de que su trayectoria quedase fijada para la posteridad por medio de una crónica: la Historia Compostelana.